Sueños Disfrazados


Entre el olor a dulce que emerge de la máquina de algodón de su madre y la suave brisa caleña; corre, se esconde y en general se divierte Johan. Él, día tras día hace lo mismo en la orilla del río Cali, ese es su mundo, siempre es igual, excepto cuando llega el mes de Diciembre, temporada en la que su mamá cambia lo lleva a él y a su máquina hacía el lugar que la alcaldía disponga para hacer el alumbrado navideño. A Johan le encanta que llegue la navidad y no precisamente porque en su casa se arme un árbol navideño o pesebre, menos porque durante esos días coma deliciosos manjares ni tampoco porque llene su cuarto de muchos juguetes; simplemente le gusta porque cada año se pierde y deleita ante la grandeza de las luces navideñas.
Johan desde pequeño fue enseñado por su madre a vender, tanto así que conoció primero las monedas y los billetes que a los juguetes o a las letras, siempre ha acompañado a su madre a vender algodones. Desde que era un pequeño feto hasta el día de hoy, nunca le ha fallado a ella ni tampoco ha hecho que ella le falle a su profesión, esa que les da el pan diario. 

Durante todo el año, él carga en su pequeño y frágil hombro un palo agujereado con alrededor de veinte algodones que entre juegos y risas va vendiendo en medio de la gente; en ocasiones se demora por que se distrae mucho pero otras veces se concentra y los vende rápido para dedicarse a jugar. Durante Diciembre esa situación se torna un poco peculiar pues Johan antes de salir a vender, le ayuda a su madre a hacer algodones, él normalmente sólo los vende pero en esa época se encarga de hacer que su madre doble o triplique la producción, lo realiza porque su espíritu de niño lo hace anhelar con las cosas que se venden durante el camino que enmarca el alumbrado.

Los primeros días él solamente trabaja de manera ardua, se concentra en vender, no se fija en la belleza de las luces ni en las burbujas que vuelan en el aire, sólo trabaja como un adulto. Aproximadamente cada diez y nueve de diciembre, es que ve los frutos de su trabajo, es que ve la suma de cada moneda de cincuenta que su mamá le da por la venta de cada algodón. Cuando él y su madre se sientan a hacer un balance de cuentas, Johan siempre termina teniendo un poco más de lo esperado, cosa que hace que vuelva en sí, que se relaje y empiece de nuevo a jugar, mientras vende los veinte algodones que hace su madre y se pierde en las luces de la noche.

Johan encuentra una fascinación absoluta por las luces que engalanan cada Diciembre su ciudad pero también siente gran amor por la orilla del río Cali, por su mundo, así que cuando ambas cosas se juntan, él queda perplejo y lleno de gozo. Así como el año pasado cuando caminó una y mil veces en medio de figuras como la del Mohán, la Cambuta, la Llorona y otras mitológicas imágenes que lo deslumbraron y lo hicieron soñar entre la gente.
En esa ocasión él sintió a las burbujas caer y explotar sobre su piel, sació a su antojo el hambre incontrolable que le despertaba el humo que salía de los asadores de los otros vendedores; disfruto por trescientos pesos la vista a las tres cruces a través de un telescopio, por mil pesos más vio las maravillas del mundo en tercera dimensión pero algo que lo marco fue ver la cara de desprecio que un sujeto hizo cuando veía el alumbrado a través de la ventana de su carro.
No todo el mundo piensa lo mismo y eso es algo que Johan no entendía, él no concebía cómo alguien podía no disfrutar de aquellas luces, no se explicaba cómo ese sujeto despreciaba todo lo que a él le encantaba y por lo que trabajaba arduamente, no, eso no le cupo en la cabeza, pero lo vio. Incrédulo ante ese hecho Johan corrió atónito hasta donde su madre y le preguntó que si eso era posible, que si en realidad alguien podía ver lo opuesto a él. Ella le contesto que sí, que simplemente todos en el mundo tenemos diferentes oportunidades y posibilidades y que quizás ese sujeto no sabía valorar las pequeñas cosas de la vida.

Pero la verdad era que el sujeto si sabía valorar y que opuesto a lo que su madre dijo a Johan, aquel sujeto valoraba demasiado y le parecía un desperdicio total que en lugar de invertir en la calidad de vida de los ciudadanos más pobres, año tras año se invirtieran miles de millones en luces obsoletas que sólo dan una felicidad momentánea a los más ingenuos.

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