El Manager


Llegó a esta playa buscando salvarse de sus antecedentes, escondiéndose del testigo permanente que lo atisbaba desde su interior y del cual no podía zafarse no obstante sus deslumbradoras habilidades políticas, unas heredadas, la mayor parte aprendidas durante sus casi setentaiocho años de vida. Había escogido este lugar cuidadosamente. Puesto que lo atraían el mar y el desierto por igual aquí los encontró reunidos. La playa era de una extensión kilométrica, y con marea baja su ancho promedio alcanzaba un kilómetro. La rutina que se había impuesto lo llevaba a diario a la mitad de la playa donde desplegaba su silla de madera y tela, y con parsimonia de viejo se sentaba siempre mirando al oriente. Se sentía en un desierto con agua o en un mar de arena. Con la ayuda de sus manos estiraba las piernas, después, resoplaba con alivio. Cada día sumado a su existencia dificultaba su tarea. Sus coyunturas hinchadas lo hacían caminar como un cangrejo cojo. Las limitaciones visuales propias de su edad más el mal de Parkinson, saludablemente instalado en él, lo condenaban a repetir esforzadamente cada movimiento. Desplegar y plantar la silla en la arena era cada vez más difícil. En los últimos días trastabillaba a punto de caer. Y al fin, había caído. Llevaba cuatro meses en su nueva vida, pero su cuerpo en descomposición y sin reflejos no había respondido más. Se desplomó cuan largo era, como un tronco recién talado, quedando bocarriba vigilado por el cielo azul infinito de ese día. 

Ahora, tendido sobre la arena, sin noción del tiempo, podía sentir con algo de confusión, como sus piernas huesudas, ardían sin llama visible evaporando el tuétano de la osamenta que ya no lo sostenía. Su pertinaz intuición, que seguía acompañándolo, le develaba que este era el fuego final que consumiría su abyecto cuerpo. 

Con lentitud, viajando por el tiempo, su memoria recreaba su vida con detalles. Las imágenes y sonidos de su niñez se proyectaron en alguna dimensión de su sinapsis. Había nacido en cuna alhajada. Su padre, político avezado, construyó un capital de relaciones dinero propiedades poderes cargos favores e influencias que lo habían enriquecido de todas las maneras. Su viejo vivió sus años mayores detrás de un vientre deformado obscenamente por la grasa ingerida en los asiduos festines colesterólicos, y acumulada en las interminables siestas tomadas en su casa después de las jornadas matutinas en los salones del congreso. Su madre, una hermosa reprimida, se mantenía replegada a la sombra de su monumental esposo, ocupada únicamente de encajar en los roles de la alcurnia comprada, lo usual en aquella época. Recordó que lo vestían con trajes para adultos cortados y cosidos a escala infantil, y volvió a ver a su padre sentado sobre la cama matrimonial apilando con vicio muchos fajos de billetes, y escuchó la frase tantas veces pronunciada por él, 

—Hijo, somos ricos. 

El aromático olor a cuerno chamuscado despedido por las uñas de sus pies lo trajo de nuevo a su precario presente. Caído, como estaba, podía ver la parte frontal de su cuerpo, porque desde que había llegado a la playa su única vestimenta era un calzón de raso. Sentía cientos de punzadas dolorosas en sus caderas y piernas, y líquidos calientes fluyendo por ellas. Eran sensaciones intensas, desconocidas, de vida. No intentaba pararse. Su razón, su desorientación, sus dolores y sus recuerdos se cruzaban caóticamente colapsando cualquier asomo de coherencia. Se fijó en su tórax que se expandía dolorosamente. Algo en el lado izquierdo de su pecho trinchaba con saña su inhalación. Trataba de respirar corto pero su estado no lo admitía. 

Una nube de inconsciencia veló sus dolores. Y otra vez vagó por entre las banderolas del pasado. Sentado a la diestra de su padre todo poderoso miró desde arriba. Era un joven bien puesto, con la fuerza de la ambición bien educada, acomplejado de superioridad adquirida, con la vida suelta y resuelta. Vio a sus amigos de entonces rondando sus favores pero temerosos de sus excesos y su perversidad renombrada. Vio sus estragos hormonales abortados con la bendición de sus padres. Vio sus desafueros borrados por su padre. Vio cuentas pagadas con sangre. Vio un lagarto estacionado en su cuello. Se vio desde arriba humillado y desvalido. 

El lagarto olisqueó brevemente su boca entreabierta antes de lanzarse a la arena para alejarse del cuerpo. Una sed de desierto templaba sus labios y su lengua. Alzó su brazo derecho para bloquear la luz del Sol con su mano. La sombra momentánea lo dejo repasar lo que había ocurrido. Estaba tumbado sobre su silla plegable, supuso que con huesos astillados y heridas internas, respiraba con dificultad y no sentía sus pies. Se percató de que ya no temblaba. Estaba curado, pero de qué manera. Intento inclinarse apoyándose en los codos pero un latigazo pectoral lo detuvo. Tenía que hacer algo. Gritó, pero sólo emitió un quejido ululante. Además, quien lo escucharía, sí una de las razones para haber escogido este sitio era, precisamente, su aislamiento. Él, un hombre de soluciones, que había desatado componendas, manipulado circunstancias, sacrificado oponentes, no podía seguir en este estado de indefensión. De nuevo sus codos se clavaron en la arena y tragándose el insufrible dolor trató de sentarse, sin embargo, las caderas no lo sostuvieron. Su espalda golpeó pesadamente la tela de la silla sobre la arena. Agotado extendió sus brazos. Estaba atrapado en su propio cuerpo. Desmayándose… sintió que se alejaba de allí. 

Su mente flotante se sitúo treinta años atrás. El año en que el apocalipsis maya había sacudido, sin que se dieran cuenta, a los habitantes de la Tierra. Se sentía, entonces, en la cúspide de su vida, imbuido completamente en proyectos para acrecentar su poder y su riqueza. Con atención estereofónica se fijaba en cualquier tendencia social que pudiera brindarle beneficios y utilidades, y las predicciones del antiguo Calendario Maya, en boga en ese momento, no escaparon a su revisión. No obstante su empeño, no supo cómo aprovecharse de esa ola. Por el contrario, sintió que aquellas ideas extrañas lo habían afectado. No sabía cómo, pero por momentos se estremecía sin causa aparente. Estertores invisibles que pusieron fin a un periodo bullente de formas y modos, en la cual, entre la miseria y la osadía se expresaban todas la posibilidades de que eran capaces psíquicos, psicóticos, santos, gurús, empresarios, científicos, mercenarios, filántropos, y otros más que zumbaban frenéticamente para obtener su parte, mejorar el mundo, y alcanzar la salvación, extraviados todos como parte del juego. Época entretenida para ser humano y deslizarse por los años persiguiendo lo que se suponía importante. Meses más adelante comenzaría a tener ideas e imaginaciones que desbordarían el cauce normal de su corriente de pensamientos. 

Su memoria se detuvo en el presente, y vio su cuerpo sin sentirlo. Estaba incendiado. En la caída, los espejuelos que en los últimos años no abandonaba, quedaron sobre una parte la tela de la silla que se asoma al lado de su pierna izquierda. La luz del Sol enfocada por ellos la había hecho arder junto con la madera y el raso. Pero esta pira no era suficiente combustible para convertir su cuerpo en cenizas. Su deseo ferviente por escapar de si, por ir a un más allá en silencio, proveyó lo que hacía falta. 

Lo que él era ya no tenía cuerpo donde regresar. Pero estaba anclado a sus recuerdos y los sentía con intensidad magnificada. Recordó como a sus cuarentainueve años comenzó a sufrir ataques de hastío, haciendo que con frecuencia creciente abandonara sus complejas obligaciones de potentado-director y se enterrara debajo de una pila de almohadas en habitaciones de hoteles incognitos, mientas la burocracia de sus negocios cuidaba de sus bienes. Durante estas crisis existenciales sus valores se tambaleaban dando cabida al reordenamiento de sus prioridades. A esta altura de su vida los discursos articulados para explicar y justificar los procesos de acumulación y concentración de la riqueza no lo satisfacían como antes. Su formación en los mejores centros de estudio lo había facultado para saber y conocer dentro de la lógica de la utilidad y el crecimiento, pero el significado profundo de la vida y sus procesos se mantendrían encriptados para él. Todo lo que sostenía su inmenso aparato financiero le produjo culpa, aunque jamás se preguntó porque. Recordó que esta crisis abrió su vena filantrópica, y donó millones que cruzó con sus impuestos. Construyo escuelas, canchas, dispensarios, hospicios, por conveniencia económica y política, pero, esencialmente, porque algo o alguien dentro de él etiquetaba su avaricia. Continuó en los dos frentes por varios años sin hallar sosiego. Descubrió que su interés primordial era el mismo, que le gustaba la soledad y estaba solo. Sus padres habían muerto años atrás. La familia que había formado en sus treinta creció en otro continente y su único vínculo era la mesada que regularmente les enviaba a sus dos hijos y su ex esposa. En este tiempo concibió la idea de separase de su modo de vida y desprenderse de todo lo que poseía. Sin pensarlo mucho comenzó a planear y organizar sus asuntos para así fuera. 

Volvió y vio la solitaria cruz de fuego en que se había convertido. Llamas alegres trasparentadas por la luz del medio día. Se acercaba el final. Pero antes, quiso ver por última vez, su obra magna, el gran parque que le había regalado a su ciudad. Vio la ciudad reflejada en el inmenso lago que había hecho construir, el cual era alimentado por los nacimientos de agua que bajaban de la cordillera cercana, y los cuales por décadas, habían estado cubiertos por el pavimento y las construcciones de un sector antiguo y menoscabado de la urbe. Su urbe. El parque que rodeaba el lago estaba sembrado de innumerables especies de la flora local, bordeados por senderos tapizados con adoquines blancos. La biblioteca, el único edificio del lugar, mantenía la memoria científica y cultural de la pródiga naturaleza regional. Su estrategia para construir el gran parque se había iniciado en secreto. Sobre un mapa había encerrado un área próxima al centro de la ciudad. Planeó comprar, por medio de distintos agentes, los predios que pudieran hasta consolidar una situación de hecho como propietario de la mayor parte del área señalada. Esto duro tres años, durante los cuales iba marcando en su mapa los predios adquiridos con cuadritos de colores. Una vez compradas las casas viejas y derruidas del sector una cuadrilla de jornaleros terminaba de echarlas al suelo, retiraban los escombros, excavaban el lote para retirar todos los restos de las construcciones anteriores y lo encerraban con una malla alta. Lentamente, en el sector, una colcha verde y florida fue tomando forma. Cuando consideró oportuno formó un equipo de arquitectos, ingenieros, abogados, economistas y biólogos, a quienes presentó su plan y sus avances. Con su peso y su discurso los comprometió para concebir y realizar una obra que inspirara agradecimiento y respeto por el feraz entorno natural que nos había correspondido. Acuerdos y normas municipales se modificaron bajo su influencia y se mantuvo al frente en la distancia para facilitar la ejecución del proyecto. Tomo dos años concluir la obra, como le decía. Asistió a la inauguración como un ciudadano común. La honores los dejo para los políticos que sostenía y la fundación que había creado para administrar el parque. 

Su llama se había extinguido. Ya no había más recuerdos. La marea empezó a dispersar las cenizas de la cruz. Para todos, su desaparición se quedaba en un misterio olvidado.

Ruben Alberto Prado

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