Saai y Flacho no beben Agua

Ensimismado, revolviendo con el pitillo el azúcar depositado en el fondo de la taza rebosante de café, Ricardo se sentía solo en el mundo. Su tristeza era enorme y languidecía su rostro haciéndolo desproporcionadamente más largo. La ruptura categórica propiciada por Saai lo había deshecho. Durante cada segundo de los últimos siete años había estado enamorado de ella. Exactamente, desde que la vio por primera vez cuando, por coincidencia, estaba reunido con quien debía entrevistarla como parte del proceso de selección de nuevos empleados. Recordaba ahora, el cataclismo existencial que le produjo conocerla, cuando lívido y azorado se había retirado de la reunión para merodear preguntándose sin cesar porque se sentía así: desbordado, incontenible; como tras recuperar algo de calma espero con fe que ella fuese la elegida, y como su devoción salto alegre cuando dos semanas más tarde Saai reapareció para integrarse a lo que era su primer empleo, según supo más adelante. Desde entonces, ella era habitante permanente de su mente, una mujer en ideas, que se concretaba en los cruces de palabras y miradas, y en los momentos compartidos en la empresa para la que ambos trabajaban.


Entre los sorbos de la bebida repasó el septenio que se desplomaba ante él.
A diario se encontraban esperando su turno frente a la cafetera instalada en medio de las oficinas y de la cual, cada hora, emergía un aroma embriagador que seducía a todos los olfatos cercanos. En circunstancias como esta se fueron conociendo; entre las bromas, los comentarios apócrifos de pasillo y los vasos cargados de café humeante.
Saai contaba veintitrés años de edad, era ingeniera mecánica, la segunda de tres hermanas, adicta al café y dueña de dos ojos negros equis ele que junto con un tenue mohín enmarcaban su atractiva timidez. Desde que la conoció, Ricardo quedó impresionado por su fragilidad, pero notó que esta hechura acentuaba la feminidad de su belleza, clásica y natural.
Después de un mes, relacionados por las actividades de sus respectivos cargos, se hicieron amigos. Ricardo era ingeniero electrónico, dos o tres años mayor que ella y egresado de la misma universidad, pero jamás había visto a Saai, probablemente afectado por efecto del grado superior.

En el trabajo, en el vaivén de sus actividades, Ricardo aprendió de manera involuntaria las rutinas de Saai. Aprendió los horarios de sus reuniones, los intervalos de pausa usuales para tomar su café, el lapso del medio día en el que acostumbrada almorzar. Con frecuencia intentaba sincronizar sus actividades con las de ella, en principio para verla, y de ser posible, entablar conversación. En los meses que siguieron Ricardo consiguió acercarse a Saai y visitaba casi a diario su espacio laboral. De alguna manera, no muy clara para él, había eludido el cerco que Saai mantenía izado sin descanso a su alrededor. Ella le permitía acompañarla en algunos espacios de su hacer y también emitir comentarios sobre temas de su responsabilidad exclusiva. Por gotas supo de sus miedos, sus gustos, sus sueños, sus ideas para el futuro. Su carisma se mantuvo inalterable para todos, incluso para él, pero aún así, él se sentía más cercano a ella.
En sus cortas pero frecuentes visitas a Saai, Ricardo observó hechos insólitos que en esos momentos paso por alto. La figura menuda de su ya amada levantaba objetos pesados con habilidad asombrosa. Tecleaba en su computador con rapidez extraordinaria y podía permanecer sin parpadear por muchos minutos con la mirada fija en la pantalla, como inmersa en un limbo digital.

En seis meses Ricardo había desplazado su atención y las prioridades de su carrera hacia un ser que percibía único y especial. Por eso, con prontitud y algo de celos, se dio cuenta que competía por la atención de Saai con dos de los jefes de ella y algunos de sus colegas ingenieros. La irrevocable feminidad de Saai emitía un aura poderosamente atrayente. Y continuamente deslumbraba a todos con su memoria, eficacia y precisión en los detalles. Sin embargo, con modestia atenuaba su figuración y mantenía su perfil bajo. Era un balance perfecto entre desempeño y sencillez.
Por su cercanía Saai lo había enterado de Flacho, como ella llamaba a su amigo, a veces su novio, su colega, compañero de estudio y con quien tenía una relación desde la niñez. También supo de Manaj otro condiscípulo lo bastante cercano para haber sido su segundo novio y continuar siendo su amigo. Estos relatos no inquietaron a Ricardo. Le parecía que ella intentaba ser una chica de su época, disfrutando de su edad y su independencia. Además observaba la dedicación de Saai a su trabajo, hecho que la desconectaba de sus relaciones anteriores y le brindaba a él el espacio y el tiempo para anclarse en su corazón.

Libando su último trago, Ricardo rememoró el episodio cuando, con el desparpajo de la confianza ganada, había inquirido a Saai sobre las singularidades que su cuerpo manifestaba sutil, y que él, observador atento, había descubierto en el empeño por saber todo de ella, todo lo que le sirviera para apropiarse de sus afectos. Preguntó sobre las cicatrices, la pequeña sobre la garganta, debajo del mentón; la más grande sobre el hueso iliaco, en la parte frontal de la cadera; las dos casi invisibles, idénticas, con una sutura diminuta únicamente por un lado, asemejándose a pequeñas bisagras. Por la primera habían extirpado sus amígdalas. Por la segunda los quistes de su ovario. Preguntó sobre la rigidez imperceptible de su cadera que la hacía caminar pausadamente. Resultó ser la secuela de la reconstrucción de su hueso sacro fracturado en un accidente de la niñez. Pregunto por su figura perfecta e imperturbable ante su apetito renombrado.

—Prodigios de un metabolismo perfecto heredado de mis padres; —Respondió ella, con tono travieso, sin molestarse por el interrogatorio impertinente.
Con naturalidad y coherencia sosegó cada inquietud con lógica irrebatible, la misma que en el futuro se acentuaría y sacudiría la esencia de lo que él era.
Entorno los ojos como lo hizo la primera vez que la beso, y visionó unos ojos gigantes abiertos a centímetros de su rostro que no miraban nada.
—¿Qué fue eso? —musito ella en ese momento.

A partir de este acontecimiento, Ricardo se sintió novio, pero Saai se tomo varios días para ajustarse a los cambios en su relación. Él no hizo reparos, su dicha soportaría cualquier espera. Lo que siguió fue el mejor periodo de su relación. Compartían más tiempo dentro y fuera de su trabajo. Intercambiaban regalos, lecturas y comentarios sobre sus familias. Paseaban por los pueblos cercanos en el vetusto automóvil de segunda mano que ella recién había adquirido. Ahora Flacho era un fantasma que aparecía en algunos objetos que ella aún conservaba. Sus amigos comunes podían apreciar su cercanía y el contraste del gozo reluciente de Ricardo con la sobriedad y discreción de Saai. Todos concordaban que este era un noviazgo demasiado formal para la época. En las frecuentes correrías nocturnas de Ricardo con sus amigos por bares, discotecas y rumbeaderos casi siempre estaba sin la compañía de Saai, y soportaba las bromas de diversos tonos que se repetían inclementes. Pero ya lo había dicho: su dicha soportaría cualquier espera.

Un día cercano a los dos años de haberse conocido, Saai le conto a Ricardo que había renunciado a su cargo para irse a Barcelona a realizar su maestría y, posiblemente, un doctorado en fatiga de materiales. Le contó con alegría calculada, con pausa, pero de manera directa y franca. Ricardo en silencio agradeció la consideración, pero igual se sintió apedreado. Nunca habían hablado de esto. Sus pensamientos se interrumpieron, mientras una sensación de abandono se coló en su confianza. Permaneció mudo, empotrado en la silla que lo sostenía. Ella, explicante, continuó relacionando lo que había hecho y lo que le faltaba por hacer en el proceso de volver a ser estudiante. Dilucidaba sus planes con una cordura ofensiva para el momento, en medio de su trabajo con el computador, como si no percibiera la tensión que había creado su anuncio. Detuvo su discurso y el tecleo cuando vio a Ricardo cabizbajo y granítico.

—Eres el segundo en saberlo. —No explico nada más. Apoyó sus codos en el escritorio, puso su rostro entre sus manos y lo miro condescendiente.
—Me alegro por ti, te irá muy bien. —dijo Ricardo con tono gutural, haciendo acopio de sinceridad política.
Se paró entumecido y salió del sitio, lastimado y en blanco. Afuera, aspiro tanto como pudo, y enseguida su mente se desbordó inundada de preguntas, dudas, suposiciones, colapsos. Marejada apabullante que lo acompañaría desde entonces.

Los días sucedieron veloces antes de la partida de Saai, él dejo de visitarla y se empecinó en organizar el vórtice que pasaba por su mente. Buscó construir al menos una idea que aclarara lo que estaba sintiendo. Con herramientas de ingeniero descartó cientos de elucubraciones y con honestidad descarnada llegó a concluir que en esta relación jamás había emergido un vínculo, para no hablar de amor. De parte de Saai había existido una especie de reconocimiento o aprendizaje velado, de su parte un enamoramiento prematuro. Lo que le molestaba de la situación era el presentimiento de una ruptura inexorable que dejaba dislocada su vida. Por casi dos años se había convertido el satélite de Saai y ahora se quedaba sin la fuerza de gravedad que lo centraba. El día anterior al comienzo de la ausencia, Saai lo invitó a su fiesta de despedida, pero no tuvo la entereza necesaria para asistir. No quiso más convencionalismos. Quería estar solo con la certeza del camino torvo que le esperaba.

Su vida entera se había transformado en unos pocos días. El acicalamiento ya no formaba parte de su rutina. Su barba, su mostacho y su cabellera crecieron traspasando límites. Sus labores se tornaron irrelevantes, las bromas de sus colegas se fueron convirtiendo en consejos, auxilios, alarmas, planes de salvamento con chicas a bordo. Nada contuvo su derrumbe. En los peores momentos de su estado intercambiaba sus mensajes frustrados con las respuestas monosilábicas de Saai.
A veces se enteraba de mensajes larguísimos que ella les enviaba a amigos comunes, en los que describía los detalles más pueriles de su nueva vida, los olores de la geografía recién descubierta, las voces de sus amigos nuevos, los extravíos en caminos desconocidos. ¿Por qué no le llegaban a él? Se interrogaba Ricardo con más tristeza que rabia. Y se explicaba esta dualidad en el comportamiento de Saai como una forma de hacerle saber que jamás tendrían nada; que nunca habían tenido nada, ni siquiera camaradería. En el transcurso de los meses sus otras relaciones se deterioraron aún más y su cargo comenzó tambalearse por las amenazas de despido. Transcurrido un año de la ausencia, uno de los pocos amigos que se mantenía con paciencia en su cercanía le mostró las fotos que Saai le había enviado. En ellas aparecía retratada en varias ciudades de Europa acompañada de Flacho, su novio de siempre. En todas las imágenes su sonrisa inusualmente exuberante contrastaba con un gesto parco fruncido en el rostro de su acompañante. De nuevo, otra andanada de vacios, de preguntas sin nombre, de hechos remotos. Un caldo hirviente dentro de él despellejando su universo.
Lo que siguió se esperaba, el despido, merecido por opinión unánime. Este desmadre apenas lo toleraba su familia. Las cuatro hermanas de Ricardo, todas mayores que él, lo recogían en los parques, en las aceras, en las iglesias. Lo hacían bañarse, lavaban su ropa y lo obligaban a comer antes de que volviera a su nuevo oficio: de ambulante incansablemente. Amaban a su hermano, lo consentían, lo entendían, sabedoras de los poderes de los efluvios femeninos desplegados. Sus rutas desquiciadas lo llevaron a otras ciudades. Pernoctó en playas, hojarascales, árboles, canoas, en donde lo doblegaba la fatiga de su fiebre. Así llegó por primera vez a un centro de reposo con el auspicio de sus hermanas, que lejanas velaban por él. Estaba atrapado por las intercepciones de la vida. Por tres o cuatro años visitó muchos de estos que fueron un alivio para sus pasos, no para su mal profundo que era irremediable.

Su taza estaba vacía sólo mostraba en el fondo la mancha del café ya bebido. No tenía ni un centavo más para pedir otra, sin embargo, continúo con sus añoranzas. Una semana atrás en ese sitio, saliendo de su último reposo enclaustrado, sentado en las bancas que dan a la calle había visto la imagen de Saai en el televisor dispuesto para los clientes. Su corazón se detuvo, sus ojos se hicieron tan grandes como los de ella, y sus manos atenazaron hasta el dolor el borde de la banca. Se veía más hermosa y madura, y hablaba de la investigación que dirigía en donde trabajaba. No presto más atención. Ella había vuelto. Con celeridad se paro, tomo su maleta diminuta y corriendo se encaminó hacia la casa de Esther, su hermana mayor. No le dio tiempo para los sermones lastimeros que eran la bienvenida acostumbrada.
— ¡Ella ha vuelto! —grito.

Tomó la guía telefónica y frenéticamente comenzó a buscar los teléfonos de sus ex colegas; necesitaba saber dónde encontrarla. En la primera llamada supo el nombre de la corporación para la que ella trabajaba. Se devolvió a la guía, encontró la dirección correspondiente, y tomando el dinero que su hermana cómplice le ofrecía salió atafagado de emociones rumbo a la incertidumbre. Ya en el sitio, frente el enorme y estilizado edificio, trató de poner orden en el tumulto de ideas que se atropellaban en su mente. Con algo de sosiego se hizo anunciar por los funcionarios de la portería blindada. Tras la espera de una hora, le indicaron que se acercara a la puerta, allí, una empleada lo saludo por su nombre, con amabilidad lo invito a seguir y le explicó que por razones de seguridad debía pasar caminando despacio por entre varios marcos metálicos. Lo hizo sin darse cuenta. La empleada camino delante de él, y recorridos varios pasillos y escaleras se encontró frente a la puerta de la oficina de Saai. Tocó tres veces la puerta.
—Pase —respondieron desde adentro.
Ahí estaba ella, mirándolo con alegría calculada. Ricardo no respiraba, otra vez estaba en blanco. Ella se paro y acercándose le dio un beso en la mejilla.
—Hola —dijo ella.
Reaccionó tomándola por los hombros, se acercó, la miro en los ojos buscando un encuentro, pero el gesto de Saai se mantuvo inalterable. Él la soltó y ella volvió su escritorio. Le invito a sentarse pero él no escucho. Él no sabía cual pregunta arrojarle primero, cual reclamo incrustarle en sus oídos; esperaba poder tomar alguna de la cosas que pasaban por su cabeza y desde ahí compartirle su insensatez resplandeciente. Se sentó. Después de un silencio impulsivo comenzaron a hablar simultáneamente, pero el furor de Ricardo se impuso y ella calló. Él descargo las alforjas de su alma, manoteo sobre el escritorio su verdad dolida de años, vació sus reposos alucinados. Sin palabras, empapado, con respiración pulsante, Ricardo dejó que el silencio volviera. Estaba sentado a la orilla del asiento mirando con ansiedad a Saai. Ella se puso de pie con lentitud, se acerco a Ricardo y posó su mano izquierda sobre el hombro derecho de él. Ricardo aún acezante empezó a sentir una fuerza no imaginada en Saai que deformaba su clavícula causándole un dolor que lo clavaba al asiento.

—Vas a saber algunas cosas que quizás aclaren tu confusión.
—Soy parte del programa de investigación sobre inteligencia artificial autónoma más avanzado que existe. Como podrás suponer, es absolutamente secreto. —Enfatizó.
Ricardo apretaba los dientes con enojo para soportar con dignidad un dolor más que Saai le causaba, sin reconocer aún lo atípico de la situación.
—Fui puesta en una familia elegida con anticipación, ya que mi “madre” tendría un bebe con una enfermedad que requeriría costosos y prolongados tratamientos sí nacía vivo.
—En mi caso, los tratamientos frecuentes serían para hacerme crecer y perfeccionar mi rol en esta familia.
—“Mis padres y mi hermana” me aceptaron como lo que era: su bebe.
—Por años el programa avanzó sin problemas. Flacho y yo fuimos aceptados con naturalidad y sin reparos en todos los ámbitos en los que ingresamos.
Ricardo comenzó a forcejear. Saai lo soltó y se aparto de él.
—Todo marchaba bien hasta que el programa se enfrentó a las complejidades de las relaciones de amor entre parejas. Tu empeño en acercarte a mí puso mucha presión en los investigadores que me entrenaban.
—Todo lo que hablábamos lo podían escuchar ellos, y dar respuestas naturales e inmediatas a tus demandas emocionales era algo para lo que, en ese momento, no tenían capacidad de respuesta, lo cual ponía en peligro la continuidad del programa.
—La solución fue alejarme de ti, físicamente y emocionalmente. No fui a ningún lado, solo nos confinamos para ajustar todo.
—Ahora estoy lejos de ti, y Flacho y yo nos vamos “casar”, así se evitaran las complicaciones del seguimiento de un niño —la siguiente generación del programa— puesto en una familia adoptante y, de paso, tendremos un buen pretexto para permanecer distantes de quienes se interesen en nosotros.
Este comentario reconfiguró el ánimo de Ricardo que se debatía entre comprender lo que Saai le estaba diciendo y aliviar el intenso dolor residual en su clavícula.
—Saai no comprendo nada. —Ricardo se quejó ofuscado.
—A propósito, —prosiguió ella—, he puesto en evidencia ante ti el programa siguiendo las pautas que una de las investigadoras más prominentes dispuso, porque confiamos que con tu inteligencia puedas discernir que comentar a otros lo que acabas de saber puede dañar sin remedio lo que queda de tu salud mental.
Ricardo intento hablar de nuevo, pero Saai con un gesto delicado lo detuvo. Ella bajó un poco su falda y su panty. Ricardo volvió a ver la cicatriz en la cadera de Saai. Ella con un movimiento preciso haló su piel en ese punto y abrió una ventana al asombro de Ricardo. Él se acercó agachado, enmudecido y perplejo, en la entrañas de Saai vio lucecitas titilantes, superficies lisas y metálicas moviéndose, cables finísimos, un cuerpo mecánico impecable.
En un segundo comprendió que le había ocurrido algo increíble. Él, Amante a ultranza de la tecnología, había terminado enamorado de una máquina, que en cierta forma, ahora, estaba determinando su vida.
Ricardo retornó a su presente y salió abandonando la taza de café más prolongada de su vida. Aún estaba conmocionado, con los hechos claros pero irresolubles. Había decidido continuar amando a la Saai habitante de su mente; pero no volvería a las clínicas de reposo. Caminó por las calles vecinas. Ahora no deambulaba, reflexionaba sobre sus convicciones y principios básicos, vigilado por el secreto que lo fustigaba. “Sólo lo vivo bebe agua”, se dijo a sí mismo, citando a un amigo biólogo; mientras cruzaba una calle.

Ruben Prado
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