Olor A Pino



24 de diciembre, noche buena, vino, una cena especial, deliciosa, abundante. Una cena de aquellas que solo se come el 24 de diciembre. Esa noche al llegar a casa las luces estaban apagadas, la casa estaba vacía y el olor a pino se apoderaba del recinto.

Era noche buena, todos estaban felices, todos reían, todos estaban felices, todos……pero yo reía. Era la cena, eran las luces, eran los arboles lo que me hacían feliz, eral la luna, era la vida. Los regalos ya habían sido comprados, una bicicleta, una consola de juegos. Una lista que había superado el millón de pesos. El olor a pino se confundía con un olor extraño, recuerdo alguna vez hace mucho tiempo el haber percibido este olor. Fue aquel día en que encontré al pequeño French Poddle de mi tía. El pobre animal había muerto y durante días su cuerpo había permanecido en el piso y gracias al paso de los días y de las moscas, era solo despojos de lo que solía ser. Pero esta vez el olor era nauseabundo, busque por toda la casa y no logre encontrar la procedencia de aquel olor tan fétido. Hice aseo a toda la casa y abrí las ventanas para que el inmundo olor saliera. Al encender la contestadora escuche un mensaje de mi esposa; “hola amor espero que te haya ido bien, me alegra tenerte de vuelta en casa”. Yo también estaba feliz de estar en casa. Porque cuando alguien ama como yo lo hago, es para toda la vida. Ella había salido de casa para hacer algunas compras, los niños estaban con ella. Era mi decimo viaje de este año, pero mi amor por mi esposa es el mismo, muchas veces le he rogado que vaya conmigo, pero al final yo comprende que ella tenía cosas por hacer, así que me llevo a los niños. No es que yo quiera alejarme, es cuestión de trabajo y mi esposa lo entiende, pues ella me ama tanto como yo a ella. Me bañe, me prepare para la noche, loción, traje, gel y todo lo necesario para que mi esposa me viera aquella noche como el más bello de los hombres. Todo estaba perfecto, solo esperaba que mi esposa llegara.

El fétido olor continuaba por toda la casa, era imposible deshacerse de él. Mientras esperaba encendí la televisión y me distraje viendo las noticias, transmitían un boletín de última hora; el gobernador había sido asesinado y su cuerpo había sido encontrado en una zanja fuera de la ciudad, hicieron un reportaje de una hora. Al terminar el reportaje apague la televisión y decidí leer un poco, entre líneas del Marqués de Sade, pude distraer la espera, cuando mire el reloj ya eran las diez de la noche, fue entonces cuando empecé a preocuparme por mi esposa. Pasaron las diez, las once, las doce y ella nunca llego y el desespero llego a mí, fue en medio del desespero, de la locura y del golpe de uno de los guardias, que pude identificar el olor, era el olor que tienen las prisiones, las cárceles. Ya había pasado más de un año y lo único que tenía como compañía eran mis libros, aquellos libros, de Sade, Bloomerfield, Poe y muchos otros autores, que habían generado ideas en mi cabeza y con la demencia que me acosaba desde hacía algunos años. Hicieron que una noche, narcotizado y alcoholizado, quisiera hacer de esas lineas una realidad. En medio de la locura arranque su corazón, pues como lo dice Poe, quería que su corazón delator me confesara su infidelidad y por qué se había separado de mí y me habían quitado mis hijos.

Cuando la policía llego, después que sus padres la reportaran como desaparecida, la encontraron, tras un muro de concreto en el cual la había enterrado. Nunca encontraron su corazón, pero hoy desde mi interior su corazón, me cuenta todas sus culpas. Fue un poco difícil pues quería digerirlo entero, debido a su tamaño no cupo en mi boca fue por eso que debí destrozarlo.
Un pedazo por cada ves por cada año de mi vida que había desperdiciado con ella, por eso el 24 de diciembre tuve mi cena navideña, 24 pedazos de corazón, con un poco de puré, vino, ensalada, una cena especial, deliciosa, abundante, una cena de aquellas, que solo se come el 24 de diciembre.

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Maria Anohina Bajo El Lente de Alisa Verner

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