El Pez Plata




Mi hermano y yo habíamos llegado a una llanura sin fin cubierta por un pasto verde tornándose amarillo. Era tan amplia que no divisábamos cerros por ningún lado. Nos hallábamos allí por nuestra apasionada afición a la pesca. Era uno de esos lugares donde en la mañana puede verse el Sol brotando de la tierra y en la tarde verlo sumergiéndose en ella. A una distancia de media hora de caminata a buen paso, vimos una casa grande, de paredes blancas y techo celeste, según nuestra apreciación, de un solo piso como la llanura. Una imagen inabarcable y cristalina nacida sin concepción.




Nuestro andar nos dejó frente a la puerta de la casa, una obra magnífica labrada completamente en vidrio. Sin saber cómo tocar en esa puerta sin igual, saludamos con las voces más sonoras que pudimos articular.

–Buena tarde. –saludamos a dúo. Después de lo cual aguzamos nuestro oídos en espera de una respuesta.

–Hola… Adelante –dijo desde dentro una mujer con acento argentino.

Empujamos la gran puerta y seguimos. Inesperadamente nos encontramos en una sala enorme como nunca habíamos visto otra. Su altura de iglesia nos enmudeció. Las superficies de las paredes interiores tenían el mismo color que el de las exteriores, blanco tela, pero con las sombras de las vueltas que da la luz para llegar a cualquier sitio. Una mujer hermosa de unos 50 años, calculé con atrevimiento, ataviada con una túnica multicolor, yacía en un sillón marrón abotagado de blandura. Con delicadeza puso el libro que estaba leyendo sobre la mesa que tenía al frente. Se levantó y caminó hacia nosotros esbozando una sonrisa que nos dejó ver su esplendor intacto.

–Los estábamos esperando. Mi nombre es Alicia Paz –nos informó.

Deslumbrados por nuestra anfitriona, no nos percatamos de la llegada de una doncella, también sonriente, que nos ofrecía un trio de copas de vino tinto.

–Sean ustedes bienvenidos a nuestra querida estancia –dijo, haciendo un gesto de amplitud–. A partir de este momento pueden explorarla, solos o acompañados, como prefieran.

Bebimos de nuestras copas el manjar especiado, mohoso, agrio, verdaderamente sublime, que nos abría las puertas a un solaz templado. Agradecimos la recepción con la calidez que el vino había encendido en nuestras gargantas.

Después de intercambiar algunos comentarios formales y comunes, Alicia retornó a su libro, y nosotros nos movimos despacio y mirando todo. Nos dirigimos al lado derecho de la entrada donde una alacena, atestada de botellas de vino, se erigía esplendida y señorial. Escogimos una botella al azar, porque todo nos indicaba que cualquiera de ellas contenía vino excelso. Quité el tapón de corcho y los aromas alados del vino contenidos en la botella levantaron vuelo hasta mi aliento, cerré mis ojos alucinando especias, maderas y frutas, glúteos, caderas y senos amados. El tintineo de las botellas con las que Carlos tenía un devaneo detuvo mi viaje. Servimos generosamente, al tiempo que Alicia, adivinando, detenía con un gesto nuestro intento de servirle a ella. De vuelta en la sala, nuestra anfitriona señaló el patio trasero de la casa, un eufemismo geográfico, ya que al pasar hasta allí se podía apreciar claramente que era inmenso; la llanura misma, ilimitada. A unos imprecisables cientos de metros de la casa corría un río ancho, parsimonioso y en silencio. La estación invernal había dejado un río henchido y charcos transparentes desperdigados por la llanura cargados de Killis brillantes. Avanzamos por entre los charcos anegados de pequeños seres fervorosos por el agua. Llegamos a un charco enorme hecho por el río y las lluvias. Nos metimos en él, arrobados por el febril despliegue de vida. Queríamos ser parte de esa danza milenaria repetida cada año. Carlos se inclinó para sentir en sus manos el roce de los peces. Yo observaba todo el cuadro como si fuese un sueño. Sorpresivamente, un pez plata vigoroso saltó ante nosotros, un ejemplar de casi un metro que iluminó el aire adyacente. Instintivamente retrocedimos y caímos sentados en el agua. Empapados, nos miramos, y estallamos en carcajadas nerviosas llenas más de gozo que de susto.



Tras un breve instante en blanco, sentí que Carlos sacudía mi hombro mientras me miraba con sorna. Lo mire confundido y desorientado. Sentí la silla en la que estaba sentado y el libro que tenía en mis manos. Volví a Ezeiza. Estábamos esperando un vuelo nacional que nos acercaría a nuestro destino. Miré mi reloj, había transcurrido un cuarto de hora desde que Carlos me había pasado el libro. –Lee y me cuentas –me amonestó. Se trataba de un libro sobre las leyendas del lugar hacia el que íbamos. Estaba leyendo la historia del pez plata que siempre renacía cada invierno en el mismo charco… cuando llegamos a la llanura. Miré de nuevo a Carlos, quien me miraba riéndose abiertamente. También le había ocurrido a él. Absorto, sin comprender que le había pasado a nuestro espacio-tiempo, vi como Alicia Paz se sentaba en las sillas de espera al frente de donde estábamos, al tiempo que una voz femenina anunciaba que nuestro vuelo se aplazaba una hora más.



Ruben Prado
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